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Mostrando entradas de 2026

Obituario sin nombre (poema)

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Absorbida por una lumbre desconocida intento imaginarte, oh, mi dios redentor qué nuevos milagros me traerá este verano al abrigo de qué oraciones latiré  cuánta sangre habrá en mi deseo de qué secreto modo te adoraré en la última hora del día Tan cerca de aquí de mi pecho Tan pesada la cruz, tan crueles sus astillas  Hago cuentas en una atiborrada libreta. Intento invitarte, oh dios piadoso,  a la cálida sombra del llaky a la soledad inquilina de este corazón roto ah, dios, en cada canción que te dedico acércate, no hay nada más poderoso que tú ahora  al momento de espesar la salsa de colgar el pantalón en la percha de remojar las lentejas de apagar la luz siento la vida respirar en este amor que te profeso a la hora del baño a la hora de salir de volver  a tu verso tierno  a tu sentir de pájaro.  Estoy preparando una ceremonia no voy a tocar tu morena piel porque su brillo hace temblar mi fe  porque hacia el final de mis seculares noches te trai...

Florencio

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 ¿Cómo alguien que ha vivido medio siglo aún puede conservar la mirada de un niño?  Hay algo que Florencio guarda y que no es secreto. Lo muestra en cada gesto de hombre-gurí que los de más allá, a veces, envidiamos. Que a veces todavía no entendemos. Esos largos silencios de sólo respirar... ¿Cómo alguien puede caminar así, como si cada paso fuera una revelación, un pensamiento profundo? Florencio, ese niño de largos trayectos entre las piedras... A veces es odiarlo ver cómo anda con tanta vida encima.  ¿Cómo alguien parece saber tanto de todo lo que nos rodea? ¿Qué tiempo maneja Florencio? ¿Cuándo lava su ropa, cuándo se mira al espejo o hace el amor? A veces se lo escucha cantar, guarnecido en un rincón húmedo y oscuro de su valle. No se siente más que su voz, como un rezo. Pero ya descubrimos que no es suya, porque alguien debe de cantar a través de él. Y esa mirada perdida en un viejo recuerdo, en una idea remota, o el color triste de la roca. Nos señala objetos qu...

Maqui

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              Amanda creía que su vida era perfecta. Tranquilos pasaban sus días en su pequeña vivienda de barrio residencial. No exenta de las presiones mundanas.  Por las mañanas, bien de madrugada, preparaba el desayuno que a veces compartía con Amancio y Salvia. Ellos eran su fe, sobre todo a esa hora del día donde una siempre busca certezas. A diario intentaba regalarles una palabra que los hiciera sentir especiales. Los alimentaba, los veía crecer, jugar, transformarse. Los veía, y sonreía. Sonreía porque le parecía mágico y milagroso. Esas presencias inmaculadas. Se dirigía -siempre con prisa- a la guardería donde trabajaba hace quince años. La paga no era buena pero ella se sentía a gusto con las tareas de cuidado. Estaba convencida de que lo hacía bien. Por las noches, regresaba exhausta pero inspirada. Lograba -siempre con prisa- preparar un plato a la olla. Cortaba desprolijamente las verduras y siempre se rebanaba un ded...