Maqui
Amanda creía que su vida era perfecta. Tranquilos pasaban sus días en su pequeña vivienda de barrio residencial. Claro que con los sobresaltos de un mundo cargado de presiones. Por las mañanas, bien de madrugada, preparaba el desayuno que a veces compartía con Amancio y Salvia. Ellos eran su fe, sobre todo por la mañana donde una siempre busca certezas. A diario intentaba regalarles una palabra que los hiciera sentir especiales. Los alimentaba, los veía crecer, jugar, transformarse.
Se dirigía -siempre con prisa- a la guardería donde trabajaba hace quince años. La paga no era buena pero ella se sentía a gusto con las tareas de cuidado.
Por las noches, regresaba exhausta pero inspirada. Lograba -siempre con prisa- preparar un plato a la olla.
Antes de dormir intentaba relajarse con una ducha y la lectura de Marcel Proust. Pero el último pensamiento antes de entrar al sueño giraba en torno a su cuerpo “¿Estaré bien? ¿De veras estaré bien?” Amancio y Salvia parecían atender a esas cavilaciones aunque todo era más bien incierto y silencioso.
Aquel verano Amanda emprendió un viaje de senderismo al Sur. Apenas unos días de caminata hasta llegar a Maqui. No hizo frío ni calor. No corrió mucho ni poco viento. Hacia el final del trayecto se sintió vencida, pero valía la pena cada paso. Cuando llegó, fue directo al néctar carnoso que parecía esperarla. Recogió cuanto pudo, mientras las hojas perennes la acariciaban. Se manchó las manos, la remera, los labios. Había en Maqui un aire de renovación que no buscaba entender. Fue consciente, constante. Saboreó esa acritud, la exprimió hasta el empacho. Tenía ahora veinte años o quizás veintidós, y ya era hora de volver.
Se sentía liviana, confiada, poderosísima. Había podido llegar allí. Traía consigo todo el alimento para su interior. Su piel brillaba, también su mirada. Tan potente era aquel fulgor que no pudo ver la enorme serpiente que se atravesó en su camino. O la vio y le sonrió. Pero ahí estaba. Salía al encuentro de Amanda, tal vez peligrosa, acaso insinuante. Lo cierto es que ella no la vio. Pasó de largo, a lo mejor la saltó de alegría.
Tomó el avión extrañando ya el colorido paisaje patagónico. Con el ánimo ligero, aún con las yemas de los dedos moradas, volvió a Buenos Aires, volvió al barrio, a casa. A otra casa, mejor dicho. Una casa húmeda, mortecina. Una casa quieta.
Esa primera noche sola no sería la más terrible. Presa de una única pregunta, gritó miles de veces con la almohada en la boca. El pecho oprimido, la vista borrosa. Soñó con el color de las bayas, con su sonrisa teñida de púrpura, con su vientre calmo. Soñó paisajes de montaña, infinitos.
Las noches que siguieron fueron para Amanda un lento estrujar la ilusión. Una ilusión que tenía nombres ciertos e itinerarios. Poco a poco el rastro púrpura se terminó borrando -también- de sus uñas.

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