Manos brujas
Pasaba por ahí cada vez que decidía volverme en tren y no en colectivo. Imaginaba qué podía encontrarme adentro, qué cuadros, qué juego de cubiertos, qué rostros. En su entrada había un toldo redondo con algunos agujeros y un nombre fileteado, apenas visible. Se lograba ver una luz mezquina amarilleando las pocas mesas y atrás, bien atrás, un mostrador. Más de una vez pausé mis pasos para mirarlo. Enseguida volvía en sí con un optimismo ajeno: nunca iba a entrar a aquella ratonera hedionda a aceite recalentado. Pero…no soy mujer de sentencias firmes. Viernes a la noche en mi casa y ya había hecho todo: comer, bañarme, fumar, leer, escuchar Artaud . Vivía en un monoambiente poco decorado y me había aburrido de analizar la lámpara, el perchero, los tiradores del cajón de la cómoda, y sobre todo el teléfono. Los ojos perdidos en el teléfono. Su silencio humillante, su quietud escabrosa. Y fue mirar la puerta, agarrar unos pesos, la llave, y salir. No tenía sueño, tenía tristeza. Bue...