Maqui
Amanda creía que su vida era perfecta. Tranquilos pasaban sus días en su pequeña vivienda de barrio residencial. No exenta de las presiones mundanas. Por las mañanas, bien de madrugada, preparaba el desayuno que a veces compartía con Amancio y Salvia. Ellos eran su fe, sobre todo a esa hora del día donde una siempre busca certezas. A diario intentaba regalarles una palabra que los hiciera sentir especiales. Los alimentaba, los veía crecer, jugar, transformarse. Los veía, y sonreía. Sonreía porque le parecía mágico y milagroso. Esas presencias inmaculadas. Se dirigía -siempre con prisa- a la guardería donde trabajaba hace quince años. La paga no era buena pero ella se sentía a gusto con las tareas de cuidado. Estaba convencida de que lo hacía bien. Por las noches, regresaba exhausta pero inspirada. Lograba -siempre con prisa- preparar un plato a la olla. Cortaba desprolijamente las verduras y siempre se rebanaba un ded...