Todos tenemos un secreto. Lo guardamos bajo llave con absurda vergüenza como si a alguien le importara tenerlo. Como si revelarlo trajera consecuencias irreparables que modificarían el rumbo catastrófico de la vida hacia otra catástrofe más clara, más rotunda. Pero no. Nada pasará luego de decirlo, ni Luisana ni Ernesto tendrán respuesta alguna. O más bien sí: abrirán sus ojos inexpresivos, apenas unos milímetros más que cuando les comentás sobre el paro de trenes o sobre la importancia del ejercicio físico después de los cuarenta. Quizás hagan involuntariamente ese movimiento de cejas hacia arriba seguido de un pestañeo para finalmente desviar la vista hacia abajo. Ahí comenzará, María, la degradación de tu secreto. Eso que creías un tesoro, pasará a ser un gesto estúpido de ellos. Todo el conjuro desperdiciado en dos encuentros, en dos diálogos, en dos días distintos. Regalaste, María, ese potencial infinito de tu alma. Creíste, quizás, que ellos estaban aburridos o ávidos. Creíste que la frase "te quiero contar algo" despertaría esa curiosidad que no tienen con vos. Te sentaste con el mate recién cebado entre las manos y con el poder que confiere el secreto, empezaste a hablar, segura y sin culpa. Y Ernesto, del otro lado: "dale, che, que no es micrófono". Y al otro día, le batiste el café a Luisana (te olvidaste de que ella lo toma con chuker) y te sentaste enfrente porque fantaseabas con esa actuación, recreada una y mil veces en tu mente. Y urdiendo en lo más íntimo, descubriste que tu secreto era nada. Porque fue ella quien te confesó, María, que estaban hace tres años y seis meses juntos con Ernesto (el cobarde de Ernesto). Y en las manos se te enfrió el café, la emoción y otras frases no dichas que no dirás más nunca.
Vida sanfernandina
Te pido que alentemos un poquito más
Todos tenemos un secreto. Lo guardamos bajo llave con absurda vergüenza como si a alguien le importara tenerlo. Como si revelarlo trajera consecuencias irreparables que modificarían el rumbo catastrófico de la vida hacia otra catástrofe más clara, más rotunda. Pero no. Nada pasará luego de decirlo, ni Luisana ni Ernesto tendrán respuesta alguna. O más bien sí: abrirán sus ojos inexpresivos, apenas unos milímetros más que cuando les comentás sobre el paro de trenes o sobre la importancia del ejercicio físico después de los cuarenta. Quizás hagan involuntariamente ese movimiento de cejas hacia arriba seguido de un pestañeo para finalmente desviar la vista hacia abajo. Ahí comenzará, María, la degradación de tu secreto. Eso que creías un tesoro, pasará a ser un gesto estúpido de ellos. Todo el conjuro desperdiciado en dos encuentros, en dos diálogos, en dos días distintos. Regalaste, María, ese potencial infinito de tu alma. Creíste, quizás, que ellos estaban aburridos o ávidos. Creíste que la frase "te quiero contar algo" despertaría esa curiosidad que no tienen con vos. Te sentaste con el mate recién cebado entre las manos y con el poder que confiere el secreto, empezaste a hablar, segura y sin culpa. Y Ernesto, del otro lado: "dale, che, que no es micrófono". Y al otro día, le batiste el café a Luisana (te olvidaste de que ella lo toma con chuker) y te sentaste enfrente porque fantaseabas con esa actuación, recreada una y mil veces en tu mente. Y urdiendo en lo más íntimo, descubriste que tu secreto era nada. Porque fue ella quien te confesó, María, que estaban hace tres años y seis meses juntos con Ernesto (el cobarde de Ernesto). Y en las manos se te enfrió el café, la emoción y otras frases no dichas que no dirás más nunca.
¿Viste a Charly?
«Pero sigo siendo el Gato que anda solo, y lo mismo me da un lugar que otro»
Rudyard Kipling, The cat thay walked by himself
aunque creas que no, seguro lo
viste antes
macho adulto
su presencia, vida mansa
esa fricción contra el cuerpo
se perdió el domingo entre
Avenida Caseros y La Rioja
el poco tiempo que pasamos
juntos no me dejó dormir
trinos y gorjeos de bienvenida
sucedió alrededor del mediodía
hubo un maullido, una alarma que
no supe escuchar
ese lenguaje de no pertenecer / la caricia áspera de su lengua
responde al nombre de Charly
seguro alguien sabe de él
Oasis
en la pausa frente al reflejo
soy esa humedad:
le doy vida a la sonrisa del hombre que mira sabiamente
para que el tiempo se quede
conmigo
y el hombre que mira y no encuentra cómo evitar que la humedad impregne su suéter
aún queda agua en este río inquieto
la fantasía de rociar locamente al que finge sostener la gran sombrilla que
en los dos mil setecientos segundos
va filtrando deseos de humedad por encima
de su suerte
apenas algunas gotas se deslizan
una le salpica la cicatriz
se hunde en el tiempo de esa violencia
conmigo el hombre que mira y sus labios hinchados de sangre
invento que estallan
y se contienen
estallan en la saliva que no saborea
soy la humedad que lo besa lejanamente
porque no puedo ser otra cosa
y aún queda vida
y que si fuera, dejaría de ser
moriríamos los dos
de sed.
19
a un pestañeo un algo otro se percibe
quizá en el vértice de alguna hoja
un tañido hosco
melindroso
si supiera quién es
lo llamaría por su nombre.
En lo cierto
suena azul el tango
el subsuelo frío el lunes
se escucha el resuello del noble guerrero
de sonrisa novelada
de tierra roja
él baila sí
ella lo mira / dormida aún
ese dolor que lo cierto mitiga
suena roja la milonga
y hay en la pista
un hombre que tiembla
y ella lo sigue
mientras el otro baila en su cocina
la noble sonrisa disocia
a veces se cansa
jamás se reconoce el dolor mientras se está bailando
él en su horno encendido
ella contrario a las agujas del reloj
al compás
y ambos encuentran saben profesan dibujan
alzan / en lo cierto
un hogar.
un adiós en mi ventana
una ventana para el zorzal
su barriga naranja en el mediodía gris
su pico severo
una ventana para el deseo / hacia afuera
y otro camino / hacia adentro
el otoño en el tilo esquelético
el verano en un brote invisible
las abejas deseosas de polen
el colibrí y apenas el estambre
el corazón deseoso de salir
por la ventana
atravesar el deseo
la melodía del gorrión hambriento
el mate apretados
la hormiga escaladora
la barriga naranja del sol de verano
el benteveo en su vástago
un llamado abierto
un adiós en mi ventana
Manos brujas
justicia poética
entre fechas de examen, anoto:
hay lugar para la poesía
entre listados con nombres / que no son y serán
exprimo la materia gris / de la tarde
en la mañana hay
trémulas voces, anoto:
no olvidarme de mí, anoto:
que esta sansevieria
entre las hojas del tilo
combate el pulgón
anoto:
mordé, salivá
pienso en mis personajes / los extraño
ahora que soy helecho
y escribo donde anoto
y esta página
esa caricia en el pericardio
tacho, rompo
te nombro y te desarmo
y todavía
repito
que toda muerte es tierra
que toda muerte es tierra
y es mía
y es para mí
tierra sobre tierra
un ahora
entre voces ajenas
la respiración fácil del hastío
en una espera
o acá
apenas encuentro
acaso confirmo
al revés de lo que creo
aturdida de deseos
deshabito el cuerpo lo renuncio
en silencio frente a todos
como ese juego de ignorarnos
y una palabra
de esas criadas en el medio del pecho
esa palabra que es
cerrar los ojos
con el alivio de quien vuelve
a sentirse humana.
Obituario sin nombre (poema)
Absorbida por una lumbre desconocida
intento imaginarte, oh, mi dios redentor
qué nuevos milagros me traerá este verano
al abrigo de qué oraciones latiré
cuánta sangre habrá en mi deseo
de qué secreto modo te adoraré en la última hora del día
Tan cerca de aquí de mi pecho
Tan pesada la cruz, tan crueles sus astillas
Hago cuentas en una atiborrada libreta.
Intento invitarte, oh dios piadoso,
a la cálida sombra del llaky
a la soledad inquilina de este corazón roto
ah, dios, en cada canción que te dedico
acércate, no hay nada más poderoso que tú
ahora
al momento de espesar la salsa
de colgar el pantalón en la percha
de remojar las lentejas
de apagar la luz
siento la vida respirar
en este amor que te profeso
a la hora del baño
a la hora de salir
de volver
a tu verso tierno
a tu sentir de pájaro.
Estoy preparando una ceremonia
no voy a tocar tu morena piel porque su brillo hace temblar mi fe
porque hacia el final de mis seculares noches
te traigo, te llevo, te evoco
y no hacen falta pruebas
de que existes en mí
en mi cuerpo entero
nunca desnudo
por el frío de los valles de altura
por el inconmensurable racimo de tu pureza
por los siglos de los siglos...
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Yo en 2001 con mi kufiya Vivía en Santiago de Chile y tenía 15 años cuando conocí a Linda. Compartíamos una cena por el cumple de mi mamá,...
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Los deseos nos mueven y mantienen vivos. El deseo más anhelado –quizás- sea el de una pareja con quien compartir nuestros días. Claro...









