Mariposita

«Vos te equivocaste con tu arrullo

de sedas palpitantes»

Francisco García Jiménez

 

Lo que me llama la atención esta noche es que el turco Richard vino sin corbata. Y será porque la compañerita -algunos dicen, la novia- le faltó. Y entonces la elegancia para qué.  Justo este sábado que no es un sábado más. Es un sábado especial, muy especial para mí. ¡Y Richard sin corbata! Los de aquella mesa no dejan de mirar. No sé si a vos o a mí, o a las de atrás. Está apenas oscuro y yo muy a la expectativa. Richard a pesar de su compañerita y de lo corta que le queda la noche siempre, suele acercarse a mí con una cortesía celestial y me invita. Es el mejor momento de la milonga y eso que no quisiera depender de su mano, de su sincero saludo. Claro que nunca le diré cómo estoy realmente, aunque es probable que sienta mi emoción en el baile, cuando me aprieto contra su pecho con firmeza, y él mismo se responda “de verdad que está bien”. Permanezco quieta en mi ansiedad, a la espera del cumplido de Richard. Cuando se acerque y vea el tocado, la pequeña flor que adorna mi cabeza... Lo que más desearía es que de un momento a otro, y antes de que en mi mesa pidan otra botella de vino, larguen con el temita de Biagi, el que conducirá al turco a esta cintura, a esta mano. Debo ser la única que notó la ausencia en el cuello de su camisa. No sé si será pertinente que haga mención a la corbata ausente o le diga de una vez que me encantan todas y cada una de las que trae siempre. De hecho, recuerdo en nuestro primer baile, era negra con detalles en gris. Pero hoy está muy conversador. Parece que habla sobre la potencia hipnótica de la Guardia Nueva con ese pelado de bigotes. Cuando lleguen los últimos tangos se dará cuenta que la noche pasó volando. A veces yo también noto lo mismo mientras lo espero. Quizá si busco con la mirada a algún otro hombre, encuentre un abrazo como el de Richard, y él podría verme bailar desde su lugar y estar en sus ojos sería un placer. Este sábado es especial, debería intentarlo. Allá va Richard, sonriendo hacia la mesa de Beatriz. Dichosa de ella. Es claro que con esas piernas y cierto carisma que derrocha, no será ni la primera ni la última vez que la irán a buscar. En realidad, nunca había reparado en Beatriz hasta que Richard lo hizo. Todas las allí presentes me parecen fabulosas, resultan inquietantes y encantan mientras se las ve girando en la pista como si de pronto se abrieran veinte cajitas musicales. Las veo y me emociona pensar que soy alguna de ellas. Definitivamente quisiera ser Beatriz, y definitivamente no lo soy. Me reservo en la ilusión de una melodía y sólo puedo pensar en algo único que no tengo, que no puedo traer a mi lado. Miro de repente el reloj, pienso en la corbata de Richard, en el ritmo de mis pies moviéndose por debajo de la mesa, anhelantes. Con la mano golpeo mi muslo al compás de uno y otro tango. Siento fríos mis dedos. Ya no veo a Beatriz ni a Richard. Y ya han pedido otra botella. Sabía que este morocho que se acercaba no era para bailar conmigo. Claro que sonreí porque aún creo que algún otro sujeto vendrá a sacarme de esta silla. Así que dije vaya señorita, vaya que esta tandita está buena. Como todas las tandas que pasaron y que pasarán.

Voy hasta el baño. Necesito estirar mis piernas y enfrentarme unos minutos al espejo. Cada uno está en la suya, como si ya no quedara mirada ni cabeceo para mí. Largan Biagi con Duval, así, de pronto, mientras me acomodo las medias de lycra. Esto no puede ser más terrible para mis pies, para mi corazón. Ese era mi tango, mi tema. Siento un calor que me sube. Me seco la frente. ¿Y lo especial de mi sábado? ¿Qué predijo la camisa sin corbata? ¿Por qué la ronda de copas tan acelerada? ¿Y Richard con esa mujer rubia de lentejuelas negras dos tandas seguidas? Los de la mesa de allá vuelcan sus miradas en este rostro pálido que parpadea una lágrima en el medio de la pista, entorpeciendo el paso de los bailarines. Veo cómo me observan, y ya no soy ninguna, sino una. Aquella: la milonguerita fiel de los sábados que aguarda el tema de Biagi. 

 

Memento mori

"algún día yo moriré y mi cuerpo también alimentará a otros."

Yaci, Mariana Ruiz Johnson


justo antes de que la pava silbe

y se pinte una línea de sol en el azulejo

cuando el primer zorzal madrugue en tu ventana

recién después de dos orzuelos, cuatros callos y cero alcohol

durante la fiesta de tu silencio mineral 

a partir de la mueca cruel, el impulso nostálgico de tu rosácea

a la hora de los mates con ajenjo

de la quemazón estomacal / la pantomima

después del inquebrantable insomnio 

la sentencia firme de tus días anónimos

de tu vacío 

tu socavón

ese brillante supurar

de falso templo 

un día como mil años

mil años como un día

luego las tinieblas 

bajo tu remera inocua

justo antes de que la pava silbe  

y se acabe el tiempo del beso sin lengua

llegará el año profético

vendrán moscas y gusanos a alimentarse de tus restos

y la pava volverá a silbar con el zorzal y el sol

todos a coro.



Te pido que alentemos un poquito más


 Todos tenemos un secreto. Lo guardamos bajo llave con absurda vergüenza como si a alguien le importara saberlo. Como si revelarlo trajera consecuencias irreparables que modificarían el rumbo catastrófico de la vida hacia otra catástrofe más clara, más rotunda. Pero no. Nada pasará luego de decirlo, ni Luisana ni Ernesto tendrán respuesta alguna. O más bien sí: abrirán sus ojos inexpresivos, apenas unos milímetros más que cuando les comentás sobre el paro de trenes o sobre la importancia del ejercicio físico después de los cuarenta. Quizás hagan involuntariamente ese movimiento de cejas hacia arriba seguido de un pestañeo para finalmente desviar la vista hacia abajo. Ahí comenzará, María, la degradación de tu secreto. Eso que creías un tesoro, pasará a ser un gesto estúpido de ellos. Todo el conjuro desperdiciado en dos encuentros, en dos diálogos, en dos días distintos. Regalaste, María, ese potencial infinito de tu alma. Creíste, quizás, que ellos estaban aburridos o ávidos. Creíste que la frase "te quiero contar algo" despertaría esa curiosidad que no tienen con vos. Te sentaste con el mate recién cebado entre las manos y con el poder que confiere el secreto, empezaste a hablar, segura y sin culpa. Y Ernesto, del otro lado: "dale, che, que no es micrófono". Y al otro día, le batiste el café a Luisana (te olvidaste de que ella lo toma con chuker) y te sentaste enfrente porque fantaseabas con esa actuación, recreada una y mil veces en tu mente. Y urdiendo en lo más íntimo, descubriste que tu secreto era nada. Porque fue ella quien te confesó, María, que estaban hace tres años y seis meses juntos con Ernesto (el cobarde de Ernesto). Y en las manos se te enfrió el café, la emoción y otras frases no dichas que no dirás más nunca.



                                                                                                                                                                                                                                        Ph: Ciril Jazbec

¿Viste a Charly?

 «Pero sigo siendo el Gato que anda solo, y lo mismo me da un lugar que otro»

Rudyard Kipling, The cat thay walked by himself


aunque creas que no, seguro lo viste antes

macho adulto

pelo marrón atigrado


su presencia, vida mansa

esa fricción contra el cuerpo


se perdió el domingo entre Avenida Caseros y La Rioja


el poco tiempo que pasamos juntos no me dejó dormir

trinos y gorjeos de bienvenida 


sucedió alrededor del mediodía

hubo un maullido, una alarma que no supe escuchar

ese lenguaje de no pertenecer / la caricia áspera de su lengua


responde al nombre de Charly


seguro alguien sabe de él

Oasis

aún queda tiempo
en la pausa frente al reflejo
soy esa humedad: 
le doy vida a la sonrisa del hombre que mira sabiamente

para que el tiempo se quede 

conmigo 

y el hombre que mira y no encuentra cómo evitar que la humedad impregne su suéter


aún queda agua en este río inquieto

la fantasía de rociar locamente al que finge sostener la gran sombrilla que 

en los dos mil setecientos segundos 

va filtrando deseos de humedad por encima 

de su suerte

apenas algunas gotas se deslizan 

una le salpica la cicatriz

se hunde en el tiempo de esa violencia 

conmigo el hombre que mira y sus labios hinchados de sangre

invento que estallan

y se contienen

estallan en la saliva que no saborea


soy la humedad que lo besa lejanamente

porque no puedo ser otra cosa 

y aún queda vida

y que si fuera, dejaría de ser


moriríamos los dos

de sed.


19



a un pestañeo un algo otro se percibe

quizá en el vértice de alguna hoja

un tañido hosco

melindroso

si supiera quién es

lo llamaría por su nombre.

En lo cierto

suena azul el tango

el subsuelo frío el lunes

se escucha el resuello del noble guerrero

de sonrisa novelada

de tierra roja


él baila sí

ella lo mira / dormida aún

ese dolor que lo cierto mitiga








suena roja la milonga

y hay en la pista

un hombre que tiembla

y ella lo sigue

mientras el otro baila en su cocina 

la noble sonrisa disocia

a veces se cansa 

jamás se reconoce el dolor mientras se está bailando


él en su horno encendido

ella contrario a las agujas del reloj

al compás

y ambos encuentran saben profesan dibujan

alzan / en lo cierto

un hogar.


un adiós en mi ventana

una ventana para el zorzal

su barriga naranja en el mediodía gris 

su pico severo

una ventana para el deseo / hacia afuera

y otro camino / hacia adentro

el otoño en el tilo esquelético

el verano en un brote invisible


una ventana por donde escapar

con la mirada / el zorzal / el deseo

las abejas deseosas de polen

el colibrí y apenas el estambre 

el corazón deseoso de salir

por la ventana


atravesar el deseo 

la melodía del gorrión hambriento

el mate apretados

la hormiga escaladora

la barriga naranja del sol de verano

el benteveo en su vástago

un llamado abierto

un adiós en mi ventana

Manos brujas

 

Pasaba por ahí cada vez que decidía volverme en tren y no en colectivo. Imaginaba qué podía encontrarme adentro, qué cuadros, qué juego de cubiertos, qué rostros. En su entrada había un toldo redondo con algunos agujeros y un nombre fileteado, apenas visible. Se lograba ver una luz mezquina amarilleando las pocas mesas y atrás, bien atrás, un mostrador. Más de una vez pausé mis pasos para mirarlo. Enseguida volvía en sí con un optimismo ajeno: nunca iba a entrar a aquella ratonera hedionda a aceite recalentado. Pero…no soy mujer de sentencias firmes. Viernes a la noche en mi casa y ya había hecho todo: comer, bañarme, fumar, leer, escuchar Artaud. Vivía en un monoambiente poco decorado y me había aburrido de analizar la lámpara, el perchero, los tiradores del cajón de la cómoda, y sobre todo el teléfono. Los ojos perdidos en el teléfono. Su silencio humillante, su quietud escabrosa. Y fue mirar la puerta, agarrar unos pesos, la llave, y salir. No tenía sueño, tenía tristeza. Buena compañía para una noche de otoño. Caminé con una prisa inútil, nadie me esperaba. Transité la vereda conocida, crucé el umbral y fui derecho a una mesa, con la decisión de quien asumió su destino y tiene un par de fichas en el bolsillo. Un flaco de camisa leñadora se acercó a preguntarme qué iba a tomar. Le dije una cerveza, que era como decir agua o veneno. Alrededor mío, hombres. Tres. Cada uno ocupaba mesas distintas. De fondo sonaba Enrique Rodríguez. Intenté averiguar de dónde salía la voz de Armando Moreno y en esa búsqueda crucé mirada con un sujeto de cara redonda y rulos entrecanos que le caían sobre los ojos. Lo acompañaba un vaso de vino. Pensé que no podía estar más triste, y ni siquiera podía identificar los temas de la orquesta. El hombre tendría unos sesenta años. Se me pasó por la cabeza preguntarle algo sobre el tango que sonaba y pedirle permiso para fantasear un rato con él. Contarle que escapé de una soledad y no tenía intenciones de entrar en otra. La cerveza ya estaba hace un rato en mi mesa. La tomé con indiferencia mientras me acomodaba para observar al tipo. Él ahí, en esa mesita, y yo acá, así, esperando que me salieran las palabras. Porque lo cierto es que tenía mucho que decir y él estaba tan cerca… y al fin… «¿Conoce este tango?» El hombre ladeó apenas la cabeza hacia la derecha, hizo una mueca (no supe interpretar si de burla o de pesar) y luego de un momento me llegó un «No». Si el bandoneón de esa noche rezongaba cruelmente, yo fui una nota más, un escupitajo triste de ese fuelle. Bajo los efectos de la amargura me fui arrimando para contarle. Volví a llenar el vaso, tomé un trago y empecé: «¿No qué? ¿No sabe o no quiere decirme? ¿No quiere hablarme? No se preocupe, yo le voy a hablar a usted. Tiene cara de que sabe escuchar. Le confieso que tengo algunos problemas con ese monosílabo. Porque simplemente no lo entiendo. Y es que, una no se ilusiona sola y sin razón. Él dio motivos. Tuvo gestos ¿sabe? Sutiles, plagados de cordialidad. Me dedicó algunos ratos libres de su vida llena de compromisos. Es músico y muy virtuoso. El último “no” que me dispensó fue el fin de semana pasado. Hace mucho que no sentía los nervios de esa noche. Lo vi aparecer con los demás músicos de la orquesta. Con la emoción que me barrenaba el cuerpo intenté seguir a mis compañeros en la pista de baile. Cuando la orquesta comenzó, me ubiqué en un costado a mirarlo de cerca. En esos nueve tangos interpretados supe que yo tenía un corazón, supe dónde estaba y qué le pasaba. Cerraron la presentación y esperé que quedara solo para acorralarlo. Nos dimos un abrazo. Era, según él, una “hermosa sorpresa”. Todas las energías de mi alma estaban destinadas a mi sonrisa de mujer enamorada. ¿Me sigue? Sí, dije “enamorada” ¿Ya puede sospechar lo que vino después? Me arriesgué entera: Decíme que después de acá tenés un rato para que tomemos algo. Claro, en forma de afirmación. Un pedido, un ruego. Su cara me respondió antes. Yo insistí. Pero había otros compromisos. Intenté de nuevo, probé otras estrategias, inventé posibilidades inviables corazón en mano. Y de repente, de su boca un No». Cuando desperté de mi monólogo, volví hacia mi silencioso compañero. Su perfil se clavaba en el vino, su mano derecha abrazaba el vaso de vidrio y su puño cerrado reposaba sobre el mantel gastado. Pensé en lo insignificante de mi historia y sentí algo parecido a la vergüenza. Pensé en el pianista virtuoso, que a esa misma hora estaría tan ocupado en sus partituras, y yo, mirando esas otras manos que ni siquiera…, que apenas…, que ¿quién era él? Miré el lugar, las luces cada vez más tenues. Ya no sonaba tango, ahora un bolero. Estuve a punto de pedirle perdón, estuve a punto de resarcirlo con otro pingüino. Pero justo antes de llamar al mozo, noté uno de sus rulos moverse al compás de un silbido acuoso. Quise llorar. ¿Y acaso no estaba ahí para eso? Lloré. Me restregué los ojos antes de acercarme a pagar. Salí envidiando el soñar ligero de aquel desconocido. Biagi me acompañó hasta la puerta y algunos metros más, como para que no me sintiera tan sola en el regreso. Miré mi silueta reflejada en las vidrieras, no pude reconocerme en la huida, en mis pies aturdidos, en sus manos.

justicia poética

entre fechas de examen, anoto:

hay lugar para la poesía

entre listados con nombres / que no son y serán

exprimo la materia gris / de la tarde

en la mañana hay 

trémulas voces, anoto: 

no olvidarme de mí, anoto:

que esta sansevieria 

entre las hojas del tilo

combate el pulgón

anoto:

mordé, salivá

pienso en mis personajes / los extraño

ahora que soy helecho

y escribo donde anoto










y esta página

esa caricia en el pericardio

tacho, rompo

te nombro y te desarmo

y todavía 

repito

que toda muerte es tierra

que toda muerte es tierra

y es mía

y es para mí

tierra sobre tierra