Un señor en un banquito
A mi abuelo Morocho Todavía escucho silbar a Antolin mientras camina por la vereda que da a la ventana de mi cuarto. Un buen cantor es un buen silbador. Su silbido es un llamado: se dirige a Chacabuco y Alem, nuestra esquina. No sé si es tarde o temprano, sólo sé que es hora de reunirnos. Adivino los planes de la barra. El Café de Bruno está hasta las manos de gente. Mejor caminar un poco y quedar en el billar de Suche. Así y a estas horas acaricio la colorida imagen de las tardes y las noches, de la amistad intensa, que arriesga en grupo, que aventura. Y escucho a Hugo cantando Atahualpa en cualquier silencio. Petete no olvidó su guitarra y sin pensarlo la apoya en su pecho (o sobre su barriga de oso) y caminando, nomás, acompaña a Hugo, que no puede con tanta llanura pampeana en el alma. Chirola espera en Urquiza, con el traje de siempre, siempre limpio. El bigotito bien recortado, finito sobre los labios amulatados. ¿Qué podría borrar ese rostro? Y un poco ...