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Florencio

 ¿Cómo alguien que ha vivido medio siglo aún puede conservar la mirada de un niño? 

Hay algo que Florencio guarda y que no es secreto. Lo muestra en cada gesto de hombre-gurí que los de más allá, a veces, envidiamos. Que a veces todavía no entendemos. Esos largos silencios de sólo respirar...

¿Cómo alguien puede caminar así, como si cada paso fuera una revelación, un pensamiento profundo? Florencio, ese niño de largos trayectos entre las piedras... A veces es odiarlo ver cómo anda con tanta vida encima. 

¿Cómo alguien parece saber tanto de todo lo que nos rodea? ¿Qué tiempo maneja Florencio? ¿Cuándo lava su ropa, cuándo se mira al espejo o hace el amor? A veces se lo escucha cantar, guarnecido en un rincón húmedo y oscuro de su valle. No se siente más que su voz, como un rezo. Pero ya descubrimos que no es suya, porque alguien debe de cantar a través de él.

Y esa mirada perdida en un viejo recuerdo, en una idea remota, o el color triste de la roca.

Nos señala objetos que los demás no logramos asir. Y no es que no queramos. Pero rasguea una verdad incomprensible para los que queremos a todo costa entender.

Lo vimos por última vez un día de febrero, caminar entre los cerros, a ese niño de cinco décadas.

Y la verdad es que poco conocíamos de él, pero nos dejó imaginarlo, y eso alivia su ausencia.

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