Manos brujas

 

Pasaba por ahí cada vez que decidía volverme en tren y no en colectivo. Imaginaba qué podía encontrarme adentro, qué cuadros, qué juego de cubiertos, qué rostros. En su entrada había un toldo redondo con algunos agujeros y un nombre fileteado, apenas visible. Se lograba ver una luz mezquina amarilleando las pocas mesas y atrás, bien atrás, un mostrador. Más de una vez pausé mis pasos para mirarlo. Enseguida volvía en sí con un optimismo ajeno: nunca iba a entrar a aquella ratonera hedionda a aceite recalentado. Pero…no soy mujer de sentencias firmes. Viernes a la noche en mi casa y ya había hecho todo: comer, bañarme, fumar, leer, escuchar Artaud. Vivía en un monoambiente poco decorado y me había aburrido de analizar la lámpara, el perchero, los tiradores del cajón de la cómoda, y sobre todo el teléfono. Los ojos perdidos en el teléfono. Su silencio humillante, su quietud escabrosa. Y fue mirar la puerta, agarrar unos pesos, la llave, y salir. No tenía sueño, tenía tristeza. Buena compañía para una noche de otoño. Caminé con una prisa inútil, nadie me esperaba. Transité la vereda conocida, crucé el umbral y fui derecho a una mesa, con la decisión de quien asumió su destino y tiene un par de fichas en el bolsillo. Un flaco de camisa leñadora se acercó a preguntarme qué iba a tomar. Le dije una cerveza, que era como decir agua o veneno. Alrededor mío, hombres. Tres. Cada uno ocupaba mesas distintas. De fondo sonaba Enrique Rodríguez. Intenté averiguar de dónde salía la voz de Armando Moreno y en esa búsqueda crucé mirada con un sujeto de cara redonda y rulos entrecanos que le caían sobre los ojos. Lo acompañaba un vaso de vino. Pensé que no podía estar más triste, y ni siquiera podía identificar los temas de la orquesta. El hombre tendría unos sesenta años. Se me pasó por la cabeza preguntarle algo sobre el tango que sonaba y pedirle permiso para fantasear un rato con él. Contarle que escapé de una soledad y no tenía intenciones de entrar en otra. La cerveza ya estaba hace un rato en mi mesa. La tomé con indiferencia mientras me acomodaba para observar al tipo. Él ahí, en esa mesita, y yo acá, así, esperando que me salieran las palabras. Porque lo cierto es que tenía mucho que decir y él estaba tan cerca… y al fin… «¿Conoce este tango?» El hombre ladeó apenas la cabeza hacia la derecha, hizo una mueca (no supe interpretar si de burla o de pesar) y luego de un momento me llegó un «No». Si el bandoneón de esa noche rezongaba cruelmente, yo fui una nota más, un escupitajo triste de ese fuelle. Bajo los efectos de la amargura me fui arrimando para contarle. Volví a llenar el vaso, tomé un trago y empecé: «¿No qué? ¿No sabe o no quiere decirme? ¿No quiere hablarme? No se preocupe, yo le voy a hablar a usted. Tiene cara de que sabe escuchar. Le confieso que tengo algunos problemas con ese monosílabo. Porque simplemente no lo entiendo. Y es que, una no se ilusiona sola y sin razón. Él dio motivos. Tuvo gestos ¿sabe? Sutiles, plagados de cordialidad. Me dedicó algunos ratos libres de su vida llena de compromisos. Es músico y muy virtuoso. El último “no” que me dispensó fue el fin de semana pasado. Hace mucho que no sentía los nervios de esa noche. Lo vi aparecer con los demás músicos de la orquesta. Con la emoción que me barrenaba el cuerpo intenté seguir a mis compañeros en la pista de baile. Cuando la orquesta comenzó, me ubiqué en un costado a mirarlo de cerca. En esos nueve tangos interpretados supe que yo tenía un corazón, supe dónde estaba y qué le pasaba. Cerraron la presentación y esperé que quedara solo para acorralarlo. Nos dimos un abrazo. Era, según él, una “hermosa sorpresa”. Todas las energías de mi alma estaban destinadas a mi sonrisa de mujer enamorada. ¿Me sigue? Sí, dije “enamorada” ¿Ya puede sospechar lo que vino después? Me arriesgué entera: Decíme que después de acá tenés un rato para que tomemos algo. Claro, en forma de afirmación. Un pedido, un ruego. Su cara me respondió antes. Yo insistí. Pero había otros compromisos. Intenté de nuevo, probé otras estrategias, inventé posibilidades inviables corazón en mano. Y de repente, de su boca un No». Cuando desperté de mi monólogo, volví hacia mi silencioso compañero. Su perfil se clavaba en el vino, su mano derecha abrazaba el vaso de vidrio y su puño cerrado reposaba sobre el mantel gastado. Pensé en lo insignificante de mi historia y sentí algo parecido a la vergüenza. Pensé en el pianista virtuoso, que a esa misma hora estaría tan ocupado en sus partituras, y yo, mirando esas otras manos que ni siquiera…, que apenas…, que ¿quién era él? Miré el lugar, las luces cada vez más tenues. Ya no sonaba tango, ahora un bolero. Estuve a punto de pedirle perdón, estuve a punto de resarcirlo con otro pingüino. Pero justo antes de llamar al mozo, noté uno de sus rulos moverse al compás de un silbido acuoso. Quise llorar. ¿Y acaso no estaba ahí para eso? Lloré. Me restregué los ojos antes de acercarme a pagar. Salí envidiando el soñar ligero de aquel desconocido. Biagi me acompañó hasta la puerta y algunos metros más, como para que no me sintiera tan sola en el regreso. Miré mi silueta reflejada en las vidrieras, no pude reconocerme en la huida, en mis pies aturdidos, en sus manos.

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