¿No era que el joven estudiante padecía cada día ir a la escuela (la cárcel), a cargarse de obligaciones, a “perder su infancia”? ¿Es que el alumno merece –como niño y por derecho- toda la contención en casos de dificultades dentro de su mundo particular fuera o dentro del aula? ¿Por qué me angustia tener que ir a pararme frente (porque ya no te podés “sentar con ellos”) a un curso de veinte o treinta educandos? ¿Por qué ya no me entusiasma? ¿Por qué será que siento la brecha cada vez más y más amplia, hasta convertirse en un abismo? ¿Puede ser que sienta que ir a la escuela (mi trabajo) sea una especie de castigo? ¿Que ir a dar clases sea un ir a perder tiempo y a exponer al menosprecio años y años de formación? ¿Será que el profesor –como ser humano y por derecho (laboral)- merece una respuesta firme ante las dificultades también? Hoy un joven, cuya trayectoria académica no se destaca positivamente, me cuestionó el apelativo que usaba en clase para convocarlos: “compañeros”. Aunque...
¿Cómo alguien que ha vivido medio siglo aún puede conservar la mirada de un niño? Hay algo que Florencio guarda y que no es secreto. Lo muestra en cada gesto de hombre-gurí que los de más allá, a veces, envidiamos. Que a veces todavía no entendemos. Esos largos silencios de sólo respirar... ¿Cómo alguien puede caminar así, como si cada paso fuera una revelación, un pensamiento profundo? Florencio, ese niño de largos trayectos entre las piedras... A veces es odiarlo ver cómo anda con tanta vida encima. ¿Cómo alguien parece saber tanto de todo lo que nos rodea? ¿Qué tiempo maneja Florencio? ¿Cuándo lava su ropa, cuándo se mira al espejo o hace el amor? A veces se lo escucha cantar, guarnecido en un rincón húmedo y oscuro de su valle. No se siente más que su voz, como un rezo. Pero ya descubrimos que no es suya, porque alguien debe de cantar a través de él. Y esa mirada perdida en un viejo recuerdo, en una idea remota, o el color triste de la roca. Nos señala objetos qu...
Amanda creía que su vida era perfecta. Tranquilos pasaban sus días en su pequeña vivienda de barrio residencial. No exenta de las presiones mundanas. Por las mañanas, bien de madrugada, preparaba el desayuno que a veces compartía con Amancio y Salvia. Ellos eran su fe, sobre todo a esa hora del día donde una siempre busca certezas. A diario intentaba regalarles una palabra que los hiciera sentir especiales. Los alimentaba, los veía crecer, jugar, transformarse. Los veía, y sonreía. Sonreía porque le parecía mágico y milagroso. Esas presencias inmaculadas. Se dirigía -siempre con prisa- a la guardería donde trabajaba hace quince años. La paga no era buena pero ella se sentía a gusto con las tareas de cuidado. Estaba convencida de que lo hacía bien. Por las noches, regresaba exhausta pero inspirada. Lograba -siempre con prisa- preparar un plato a la olla. Cortaba desprolijamente las verduras y siempre se rebanaba un ded...
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